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Canas y barro. Vicente Blasco Ibanez Fragmento de la obraCaptulo IComo todas las tardes, la barca-correo anunci su llegada al Palmar con varios toques de bocina. El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar a los espacios abiertos en la nica calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia a las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos segua al barquero con cierta admiracin. Les infunda respeto el hombre que cruzaba la Albufera cuatro veces al da, llevndose a Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de all los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantstica para aquellos chiquitines criados en una isla de caas y barro. De la taberna de Caamel, que era el primer establecimiento del Palmar, sala un grupo de segadores con el saco al hombro en busca de la barca para regresar a sus tierras. Afluan las mujeres al canal, semejante a una calle de Venecia, con las mrgenes cubiertas de barracas y viveros donde los pescadores guardaban las anguilas. En el agua muerta, de una brillantez de estao, permaneca inmvil la barca-correo: un gran atad cargado de personas y paquetes, con la borda casi a flor de agua. La vela triangular, con remiendos oscuros, estaba rematada por un guiapo incoloro que en otros tiempos haba sido una bandera espaola y delataba el carcter oficial de la vieja embarcacin. Un hedor insoportable se esparca en torno de la barca. Sus tablas se haban impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de la suciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pieles gelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropas mugrientas, que con su roce haban acabado por pulir y abrillantar los asientos de la barca. Los pasajeros, segadores en su mayora, que venan del Perell, ltimo confn de la Albufera lindante con el mar, cantaban a gritos pidiendo al barquero que partiese cuanto antes. Ya estaba llena la barca! No caba ms genteAs era; pero el hombrecillo, volviendo hacia ellos el informe mun de su oreja cortada como para no orles, esparca lentamente por la barca las cestas y los sacos que las mujeres le entregaban desde la orilla. Cada uno de los objetos provocaba nuevas protestas; los pasajeros se estrechaban o cambiaban de sitio, y los del Palmar que entraban en la barca reciban con reflexiones evanglicas la rociada de injurias de los que ya estaban acomodados. Un poco de paciencia! Tanto sitio que encontrasen en el cielo
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